miércoles, 14 de diciembre de 2011

Y aunque duelan las heridas, cúralas.

Los dedos temblaron al tocar la última nota desafinada por la angustia y un vaso estalló contra el mugriento suelo mientras implosionaba un corazón. No hubo sangre pero si derrota. Se partió en mil pedazos el cristal derramando hasta la última gota de whisky barato. Si los ojos eran el espejo de su alma, las ojeras eran el escote de sus ojos. De otoños deshojados, de inviernos de soledad, de primaveras que no existieron y veranos en los que no dejó de nevar. Aquel abrazo que nunca llegó por las palabras que no dijiste a tiempo. De la chica vestida de azul escondida al final de la barra, esperando a que toques tu canción triste en este lugar solitario. Pero no se puede habitar un corazón en el que solo viven fantasmas. Del amor de su vida desnudándose cada noche en otra cama, con otro hombre. Se sabía de memoria los brillos de sus pupilas. Las vidas vacías son las que más pesan. Su vida llena de baches y esquinas contra las que chocar. Y le pesan los daños, los años y los antaños. La última nota desafinada por la angustia. Mientras implosionaba un corazón. La última nota desafinada. La angustia. 
Un teléfono sonó en mitad de la noche. Una llamada que no fue respondida, un minuto y treinta y tres segundos antes del suicidio. Murió de frío sin recordar que era el calor. Encima del viejo piano, una servilleta garabateada... hay algo de vida en mi, pero poco de mi en la vida.

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